LA CONQUISTA DE LA CHINA Juan de Palafox y Mendoza


Juan de Palafox y Mendoza, figura importante en el mundo cultural y en el mundo religioso, nace de una relación furtiva entre el padre, un hombre noble de Aragón, don Jaime de Palafox, y la madre, Ana de Casanate, en una época más bien de castas, lo que provoca el ocultamiento del embarazo y el refugio en el balneario navarro de Fitero de su madre. El 1 de junio del 1600 da a luz Ana y el bebé es entregado a la criada para dejarlo, como a Moisés en el Nilo, a la orilla del río. Pero el alcalde de los baños, Pedro Navarro, la descubre, lo rescata de las aguas y ambos deciden buscar una nodriza. La madre, dolorida y arrepentida ingresa en un convento de las Madres Carmelitas. Juan, será bautizado y adoptado por pastores de Fitero. De buena presencia, inteligente, piadoso y compasivo, a los nueve años, el padre visita a la madre en el convento y al saber toda la historia, el pequeño será reconocido por su padre natural, dándole sus apellidos. Asistirá a la universidad de Salamanca, pero la vida desenfrenada estudiantil y cierta atracción por las armas, lo llenan de dudas. Toma una decisión radical y a los 29 años se hace sacerdote, estudia Derecho Canónico, y completa su educación en las universidades de Huesca y Alcalá, consiguiendo el título de Doctor en Derecho. Sus coetáneos lo tildaban de loco y siempre fue un hombre a contracorriente. Fallecido su padre, lo descubre el Conde Duque de Olivares y lo presenta como fiscal del Consejo de Indias, al que le siguieron decenas de cargos, realizando una labor formidable en el siglo XVII en Nueva España. Entre su legado, la primera Biblioteca Pública Palafoxiana y la conclusión de la Catedral de Puebla, joya del barroco. Tras un proceso extendido en el tiempo y difícil de entender, fue beatificado en 2011. Las palabras de Álvarez de Toledo, son el mejor cierre: “pactista convencido, leal servidor de la Corona, justiciero incombustible, prolífico escritor, polémico obispo de Puebla de los Ángeles, tenaz visitador general de Nueva España, virrey por menos tiempo del que hubiera querido y, en última instancia, víctima de su carácter y de las circunstancias”[1].

 

Para más información del autor, un especial de Alberto Garín: 

https://youtu.be/EUd--idZNtk?si=9Xo51VzHND1HPMwt

 

Para más información de la novela, un artículo de Eric C. Graf:

https://www.xn--elespaoldigital-3qb.com/palafox-ve-mas-alla-de-quemar-tus-libros-disparalos-o-fumatelos/

 

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En su Al que leyere se nos anuncia ya “que historia tan rara y tan extraordinaria bien merece estar impresa en todas las lenguas para que el mundo entero esté informado de un suceso y una revolución tal que no hay ejemplo de tan grande en el mundo”[2]. Obra compleja del Siglo de Oro español, cuentan sus editores que han conjugado dos ediciones anteriores, la de París (1670) y la de Madrid (1762); que han actualizado y regularizado el texto de acuerdo con un estilo moderno del español; que hay algo premonitorio e inesperado en sus páginas. En efecto, “hay rasgos de la posmodernidad prefigurados en la novela del beato navarro: los movimientos políticos, el crimen internacional, las migraciones en masa, la politización de la raza y la sexualidad, la construcción de muros, cárceles y marinas de EEUU, Hispanoamérica y China, los choques de civilizaciones e incluso la creación de monedas digitales”[3].

 

Para ir desgranando, en lo cultural llaman la atención las menciones a Maquiavelo en el Capítulo VI, “Cansóse de tanta felicidad y cansóse a buen tiempo, y aquí entra bien el refrán de Machiavelo: que ha de ser muchas veces bueno un hombre para poder ser una vez importantemente malo”[4]; al Cid en el Capítulo VIII, “Este Pelipaovan es el Cid Campeador de la Tartaria”[5]; la de Bernardo de Carpio en el Capítulo XII, “se hace increíble estando en esa misma provincia el Bernardo del Carpio de los tártaros”[6]; las de Julio César y Pompeyo en el Capítulo XI, “Iban cayendo en la campaña más tártaros, ganaban tierra los chinos en la batalla, y ya la sangre que se pisaba y se vertía en el campo era casi toda sangre de tártaros. No acababan de creer los chinos que ellos vencían, ni los tártaros que ellos eran vencidos –tanto puede la costumbre aun en los trances de la fortuna, así como no acababa de creer Julio César que le vencían el hijo de Pompeyo en aquella batalla la más que vio España-: pero, finalmente, poco a poco hubo de creer cada una de las partes lo que veía con sus ojos: los tártaros comenzaron la fuga y los chinos el alcance; los tártaros se confesaron vencidos y los chinos apellidaron victoria. Si hubieran peleado con estos hígados al principio de la conquista, no la hubiera acabado el Tártaro tan aprisa: tarde caen en la cuenta los Troyanos”[7]; la de Cleopatra en el Capítulo XXI, “si en medio de la batalla se le antoja a un capitán cobarde y afeminado salirse huyendo con su escuadra, como Cleopatra en la batalla de Antonio, aunque queden otros valientes con sus escuadras, se malogra su valentía”[8]; o la de San Gregorio Taumaturgo en el Capítulo XXIV, “no es necesario decir que trasladaran los montes a los mares, entendido como se ha de entender, pues claro está que no han de trasladar los montes como san Gregorio Taumaturgo, sino piedra a piedra”[9].

 

Así pues, en lo religioso, destacar el Capítulo VII, Prosigue la relación del Cosario Icoan. Lo que hizo con portugueses y holandeses. Procura granjearlo el Tártaro, y él está leal y firme en defensa de la sangre de sus Reyes: “En esta ocasión, repararon los católicos europeos que el Icoan tenía un oratorio muy curioso, y en él algunas imágenes de Cristo, Señor nuestro, y de la Virgen santísima y de los Santos. Pero eso no es tanto, según se piensa, piedad y religión cristiana cuanto facilidad gentílica: que, como no fijan en la unidad de la esencia divina como se debe, sino que admiten caterva de dioses falsos, no reparan en una docena de dioses más o menos y, en lugar de ellos, admiten erradamente a los verdaderos Santos con facilidad gentílica. Ni ellos diferencian la adoración de las imágenes de Cristo nuestro Señor, ni de su Madre santísima, ni de los Santos; ni entre sí diferencian esta adoración de la de sus falsos dioses. Todos adoran como Dios a bulto, que son poco teológicos para distinguir adoraciones de latría y de hiperdulía, y de dulía en Dios y en su Madre y en sus Santos, y dar a cada uno la adoración que le toca. A todos hacen dioses y a todos les dan la adoración de latría indebidamente, conque latría se hace idolatría. Así se cree que respetaba el Icoan a estas santas imágenes, no con más veneración, porque en él no se hallaba obra ninguna de verdadero cristiano. Aun cuando tenía ocasión de ejercitarla con los verdaderos Cristianos, del Evangelio ni se acordaba, ni de Sacramentos, ni de preceptos de Dios ni de su iglesia, ni de obra ninguna de verdadera religión. Ni sabía distinguir adoraciones, pues al lado de un Cristo, Dios verdadero, ponía un ídolo de sus falsos dioses, y a entrambos les ofrecía incienso igualmente”[10].

 

Sobre la sociedad, el capítulo IX: “Mandó fijar en todas las esquinas de la ciudad en amaneciendo el día muchos bandos y órdenes Reales, que acá llaman Chapas. Lo primero, decían las Chapas, que nadie temiese, porque no recibiría daño persona alguna. Lo segundo, que todos sin excepción de personas cortasen el cabello al modo de los tártaros dentro de tres días so pena de la vida. Lo tercero, que dentro de los mismos tres días se presentase delante de los virreyes la persona más principal de cada familia, y llevase por escrito su nombre y el de todas las personas de su familia con fidelidad, so pena de que él que no estuviese en la lista se tendría por enemigo y por traidor, y por condenado a muerte. Lo cuarto, que cada uno ejercitase el oficio que antes tenía y que viviese del arte que vivía antes que entrasen los tártaros. Lo quinto, que se abriese el trato, las aduanas, las contrataciones, las tiendas, las boticas y demás oficinas como de antes, para servicio y sustento del pueblo. Esto es lo que publicó el Virrey”[11]

 

Sobre la imagen de la mujer, el capítulo X, Saquea el Tártaro la poderosa ciudad de Quantung. Insolencias grandes de los tártaros. Prosigue y acaba la conquista de lo restante de esta gran provincia. Amaneció el día, 20 de enero de 1647, nos señala. “Lo que más sentían los chinos, celosos sobre todas las naciones del mundo, era que llegasen los tártaros a las jaulas de sus mujeres; y no digo jaulas por llamar a las mujeres locas, sino porque en la China con toda verdad no solo estaban las mujeres, aun las casadas, en clausura de monjas recoletas, sino en jaula de pájaros. Cuando iban embarcadas, estaban encerradas en aposentos, las puertas de ellos y las ventanas con redes de hierro muy espesas, sobre ser pequeñas las ventanas. En las casas de la ciudad no tienes ventanas hacia la calle, ni a parte ninguna donde puedan ser vistas, y aun con todo eso decían ellos que no estaban seguras”[12].

 

Llama la atención también, su lealtad: “Algunos chinos porfían en que todavía está vivo y que ha echado de ella a los tártaros: no paso por esto, porque estoy en que no ha habido, ni ha de haber en el mundo, sino solo un Rey don Pelayo en la Corona de Castilla y un don García Ximénez en la de Aragón”[13]; su erudición: “Esta palabra, Ly, que es el nombre de este Virrey, con tener solas dos letras, dice la historia de la China que significa mucha virtud, urbanidad, honra, veneración, guardar decoro unos hombres a otros, circunspección en los negocios, modestia exterior, obedecer a los mayores, ser afable con los mozos y respetuoso con los viejos”[14]; su preocupación ante la acción o la reflexión: “la poca estimación que en este Imperio tenían las armas y los soldados, y la mucha estimación que tenían las letras”[15]; “son las letras y las armas los dos polos en que estriban las monarquías. Cualquiera de los dos que falte hace gran falta, pero siéntese más presto la falta de las armas, porque tienen las armas más enemigos que la ciencia”[16]; “Mas él dice que sin violencias reformará estos grados, y hará que bajen las letras por donde subieron las armas. Así, como antiguamente bajaron las armas en la China por donde subieron las letras”. Y sobre todo, sus advertencias: “El asunto era libertar a su patria y echar de ella a los tártaros tiranos, traidores y aborrecibles en la infidelidad de este Virrey; que un mal ministro basta para hacer aborrecible a un imperio y a una nación aunque la nación y el imperio sean buenos”[17]; “pues los que son poderosos están distantes de su Imperio y los que están vecinos no son poderosos”[18]; “menos leyes y más observancia, menos preceptos y más ejemplos, porque la especulación sin la práctica es dos veces culpable en la virtud”[19].

 

Finalmente, ante la duda de si tenemos en nuestras manos una novela o no, Graf encuentra algunas alusiones a Don Quijote de la Mancha, por ejemplo, recordemos en el capítulo 26 de la primera parte el hidalgo vacila entre parecerse a Roldán o como vimos, al citado Bernardo de Carpio; o en el 38 el famoso debate, es decir, el conflicto simbólico entre el virrey de las letras y el de las armas… Esto haría de Juan de Palafox el eslabón perdido entre Cervantes y Defoe, los dos pilares novelísticos de Occidente. 

 


María M. Gómez, 3 de diciembre, día de San Francisco Javier, "apóstol de las Indias", misionero navarro incansable y apasionado, destacó por su gran labor en el Japón y su estrecha colaboración con Ignacio de Loyola. 

 

 



[1] Cayetana Álvarez de Toledo, Juan de Palafox. Obispo y virrey, Marcial Pons, Madrid, 2011, p. 19.

[2] Juan De Palafox y Mendoza, La conquista de la China, Bookman, Madrid, 2025.

[3] Ibid., p. 229.

[4] Ibid,. p. 41.

[5] Ibid,. p. 58.

[6] Ibid., p. 88.

[7] Ibid., p. 81.

[8] Ibid., p. 148.

[9] Ibid., p. 160.

[10] Ibid., pp. 52, 53.

[11] Ibid., pp. 70, 71.

[12] Ibid., pp. 72, 73.

[13] Ibid., p. 86.

[14] Ibid., p. 122.

[15] Ibid., p. 131.

[16] Ibid., p. 189.

[17] Ibid., p. 104.

[18] Ibid., p. 162.

[19] Ibid., p. 194.

 

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